Un buen principio de acción en el coaching es movilizar esa parte de las personas que hace que se mantengan vivas. Es decir, sus valores, sus principios, sus encuadres… en definitiva, para mi, el coaching, como práctica humanista no terapéutica (leí esta expresión en un artículo y me encantó) consiste en ayudar a reconectarse con uno mismo, con nuestra fuente original.
De algún modo, acaba resultando como rozar por un instante con la yema de los dedos, el alma de las personas… y desde ese lugar, supone un recordatorio de que cada una de esas personas pasa por un momento determinado, sin ser ese momento en sí… y lo más importante, que la persona SE DÉ CUENTA DE ELLO. En cada uno están todos los recursos para afrontar cualquier situación. Somos completos.
Es como ayudar a recordar una melodía. Es igual. Es entrar en contacto con el otro y a través de uno mismo como espejo, hacer que recuerde aquello que le da fuerza, le apasiona, le hace sonreir… o hace que se levante cada mañana. Relativizar lo que a veces magnificamos y magnificar lo que a veces relativizamos.
El movimiento, puede ser sutil, apenas perceptible… o todo lo contrario. Eso sí, siempre a la medida de la persona, de sus necesidades.
Es ayudar a que otro se mueva por sus propios medios. Nada tiene en realidad que ver con la valía, la experiencia o los recursos del coach, sino del coachee (el coach, obviamente ha de tener la formación y las habilidades necesarias para hacerlo, pero el trabajo duro y el éxito en los resultados, dependen y se refieren al coachee).
De este modo, el reencuadre es una herramienta fundamental. El cambio de perspectiva desde un lugar en el que predomina la duda o la angustia a un lugar diferente, desde el que actuamos, pensamos y nos movemos de forma diferente y muchas veces, más constructiva que la anterior. Pero de nuevo, este trabajo le corresponde al coachee. El coach enfoca, ilumina ciertos lugares que están en sombra (iluminar, en el sentido de arrojar luz y no en el sentido de sapiencia, conocimiento o cualquier otro concepto que situe al coach por encima del coachee).
En este sentido, en las empresas al coach se le suele interpretar como un consultor que va a aportar soluciones a problemas específicos, como si tuviera en su poder el conocimiento universal. De este modo, se falta a un principio fundamental de este trabajo. Si lo que necesitan es una solución empresarial, entonces hablamos de asesoría. Es perfectamente lícito combinar ambas cosas, eso sí, diferenciando cuál es cuál.
El coach entiende de gente, ese es su trabajo, ayudar a convertir lo potencial en parte activa. Claramente, cuanto más conocimiento se tenga del mundo y el lenguaje empresarial, más sencillo será entender la situación por la que pasa el otro… no obstante, entrar en los detalles de la situación nos adentra más en el problema y nos aleja de la solución. Si bien es cierto que los procedimientos internos pueden fallar en la productividad, o en la organización de una empresa, también es cierto que la mayor parte de los problemas generados en la empresa abocan en problemas de entendimiento, comunicación, actitud, equipo, etc. Aún apesar de una excelente organización interna o decisiones bien tomadas, cuando fallan las personas, falla todo lo demás.
Así, en el fondo, supone una ayuda para que despierten partes adormecidas por el tiempo, el conformismo o el miedo a hacer algo diferente desde la creatividad y el cambio generado de dentro a fuera y no al revés.